quinta-feira, 16 de outubro de 2014

Brasil: elecciones y ascenso de las luchas de la clase trabajadora

Ensaio
16 de outubro de 2014
Por Silvia Adoue, militante socialista, professora da Escola Nacional Florestan Fernandes [ENFF] e do Departamento de Letras Modernas da Universidade Estadual Paulista [UNESP] Campus de Araraquara-SP.

La clase trabajadora tiene que aprender que su poder no está en la fuerza del voto, sino en su capacidad de parar la producción [Voltairine de Cleyre, militante anarquista (17 de noviembre de 1866–20 de junio de 1912) ha sido considerada, por Emma Goldman, como "lá más brillante y capacitada anarquista ya nascida en Estados Unidos", In PRESLEY, Sharon. Exquisite Rebel: Voltairine de Cleyre. The Storm, Nº 8, Invierno, 1979].

Las elecciones en Brasil corrieron el espectro del parlamento para la derecha. Eso, sin embargo, no es expresión de una “onda conservadora”, como se esgrime en la mayoría de las interpretaciones. Para interpretar estos resultados, es preciso observar la historia de duración media. De los dos partidos más fuertes, el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), se puede decir que hubo un decrecimiento en las últimas tres elecciones. La candidata Marina Silva, que pasó del Partido Verde (PV) en 2010 al Partido Socialista Brasileño (PSB) aumentó en un poco más de un punto porcentual. El Partido Socialismo y Libertad (PSOL), una ruptura del PT durante el gobierno de Lula, también creció en medio punto porcentual, casi duplicando sus votos. Y lo que creció más fueron las abstenciones y los votos blancos y nulos. Éstos pasaron del tercer al segundo lugar en 2010 (ver cuadro 1).


La tabla de posiciones parece indicar un significativo descrédito en el sistema de representación electoral más que una derechización del electorado. Sobre todo cuando se considera que los sucesivos gobiernos del PT han sido vector de la expansión del gran capital en territorio brasileño, mas también el América Latina y África.
Al mismo tiempo, y después de las movilizaciones del año pasado contra el aumento de las tarifas de transporte colectivo y contra las remociones resultantes de las obras para la copa del mundo, presenciamos un aumento considerable de las huelgas. Si el año pasado se vio una retomada de las movilizaciones de alcance nacional, este año el centro de gravedad de las luchas pasó para los espacios de producción. Eso, sin que hayan disminuido las ocupaciones urbanas. Después del golpe que instauró la dictadura militar empresarial en 1964, el año de más huelgas fue 1989, cuando un PT de izquierda amenazó con llegar a la presidencia de la república con un programa de reformas democráticas y populares. El número de paros cayó a partir de 1996, en el contexto de las políticas neoliberales del gobierno de Fernando Henrique Cardoso, del PSDB, y rebajamiento del programa del PT y disolución de sus núcleos de base. El año de 2002, cuando Lula llegó a la presidencia de la república, el número de huelgas tocó fondo. Los gobiernos del PT llevaron para cargos administrativos a cuadros sindicales de la Central Única de Trabajadores (CUT). Desde entonces, el crecimiento de las luchas sindicales fue muy lento. Pero éstas dieron un salto a partir de 2012 (Ver cuadro 2).


El giro programático del PT, que abandonó el horizonte socialista en su congreso de 1994, fue precedido de la disolución de sus núcleos de base, en 1991, lo que tuvo consecuencias de una ruptura orgánica entre los cuadros del partido y las luchas de acción directa de la clase trabajadora. Esa disolución ocurrió al mismo tiempo en que las elecciones de 1989 catapultaron al PT a la administración de un número considerable de municipios, en algunos casos, de ciudades grandes, como San Pablo y Fortaleza, lo que absorbió gran parte de la militancia, que se retiró de los frentes de masa para la gestión municipal. La clase trabajadora que había construido el partido no encontró fuerzas para disputarlo con esa camada de cuadros medios que se transformaron en funcionarios del Estado o del aparato partidario, porque esa ruptura ocurrió paralelamente con una reconfiguración del capital operada a partir de la década de 1990, y que tuvo como consecuencia una reconfiguración de las clases trabajadoras. Los lazos de confianza precisaron recomponerse en un contexto de pequeñas luchas, para reconocer los nuevos compañeros, para saber con quién contar.
No se trataba de, “simplemente”, disputar la dirección de las organizaciones sindicales o partidarias. Los lazos orgánicos de la clase no estaban intactos, hubo mucho desplazamiento de los puestos de trabajo. Lo que explica la lentitud de la recuperación de la capacidad de lucha. En condiciones bastante adversas, con las contrarreformas laborales que el propio gobierno del PT operó, junto con tantas otras contrarreformas. A fines de 2012 y en 2013, además del incremento en el número de paros, hubo un crecimiento en el número de trabajadores huelguistas. Se trata de huelgas muy concentradas, como las de las obras del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), en el que el Estado contrata grandes constructoras para instalar infraestructura de energía y transporte para la expansión del capital, punto fundamental del proyecto neodesarrollista. El caso de las grandes obras de Jirau, de Belo Monte y de Coperj, con hasta 28 mil trabajadores huelguistas.
Muchas de esas huelgas precisaron organizarse por afuera de los sindicatos con burocracias enquistadas hace ya muchos años. Consiguen conquistas parciales y rápidamente tropiezan con el Estado y el proyecto neodesarrollista. Nada de eso encuentra expresión directa en los resultados electorales. En la nueva generación de trabajadores en lucha encontramos votos al PT, al PSOL, blancos, nulos, abstenciones e inclusive votos al PSDB. La clase trabajadora actúa como clase entre compañeros, en los lugares de producción. Los partidos electorales no son representantes orgánicos de la clase y no son ellos los que la clase ve como expresión de sus objetivos estratégicos. Y es en las luchas que va a emprender donde reconocerá en quién puede confiar.

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